DEJARLAS TRANQUILAS.

Debe existir un lugar donde llegan las palabras que íbamos a decir y nunca llegaron a ser pronunciadas.

Esas palabras llegarian a un lugar que no alcanzo a imaginar en detalle. Llegarían, tristes por no haber nacido, las imagino, tiritando de frío, sin saber muy bien qué va a ser de su destino, esperando.

Pensando en aquella duda, que impidió al dueño que les diera la libertad de salir a chorro entre los labios .

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Aguardando en una sala inmensa de suelo encerado y techos inmensamente altos, un ventanon estrecho, medio tapado de cortinones polvorientos. No hay sillones.

Alli, todas juntas, esperando en silencio, esperando a que se abra la puerta… una puerta antigua de madera, que huele a resina, y chirría.

Detrás de ella, una sala llena de sillones enormes de terciopelo. El suelo es de madera, y en una pared lateral hay un ventanuco como las taquillas del metro. Detrás hay un señor de voz suave y pelo blanco.

Lee y relee pasando el dedo por los registros de diccionarios de todas las lenguas y de todos los idiomas, llenos de polvo y olvido.

El destino de las recién llegadas esta escrito en esos diccionarios de palabras nunca dichas: Al cielo o al infierno.

Temerosas, aguardando turno, unas detrás de otras.

Escondidas tras miles de bocas calladas en las que no entraron moscas.

Uno hace balance de todas esas palabras perdidas, palabras inútiles, dulces, secas, amables, irónicas… y piensa en todas esas miles de bocas abandonándolas en diferentes mares, según la situación en la que han surgido:

“Esta irá al agitado y amargo mar del rencor, esta otra surcara el placido reconfortante mar de la ilusion, o la última atravesando el gris y agitado mar del olvido…” sin entremezclarse nunca, agolpadas en sus cayucos, esperando alcanzar puerto.

No recuerdo bien por que escribo sobre las palabras no dichas.

Quizá sea por que son las mas desvalidas. Quizá éstas sean las palabras mas importantes, las decisivas. Palabras discretas, como ramos de margaritas, pero con aromas y luz y sabores distintos. Aroma fresco o polvoriento, oscuridad, luz tenue o brillo, amargas y dulces.

Están ahí, calladas, esperando.

Llenando nuestra cabeza, nuestro pensamiento. Forjando nuestra personalidad. Brillando en como nubes de pompas de jabón en un día de sol y aire.

Pobres palabras no dichas.

Cuantas veces han sido nuestro salvavidas.
¡¡Que difícil resulta escribir sobre ellas, huidizas!!

En realidad, es mejor callarse, y dejarlas tranquilas.

Ribadesella, julio 2008

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