Donde no puedo ir no existe

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Juan Canal me dijo una vez:<o:p></o:p> “Donde no puedo ir no existe”.

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De golpe todo había cambiado. Al principio no notó nada. Era el primer paseo de los otros muchos que haría fuera del hospital con el celador y tuvo una extraña sensación de melancolía. Ésta fue tomando cuerpo a lo largo de la tarde.<o:p></o:p>

Lo echó de menos. No sabía qué, pero faltaba algo. preguntó qué era, el celador no supo decirle.<o:p></o:p>

La sensación siguió revoloteando en su cabeza el resto del día: mientras el parchís, en la piscina, delante de la tele, en la cena…Pese a estar aturdido no podía dejar de pensar en ello, como cuando se nos mete una música determinada en el alma y no somos capaces de dejar de tararearla, aunque sea la canción que mas odiemos.<o:p></o:p>

De noche lo supo. Faltaba un edificio -¡Una locura!, ¿Dónde va a ir un edificio entero, lleno de paredes, muebles, escalones, personas?- Un edificio alto, con cuatro o cinco plantas, de ladrillo visto. Lo recordaba bien.<o:p></o:p>

Todos los días, antes del accidente, subía de tres en tres los escalones del soportal: ¿Eran cuatro o cinco?. Le gustaba la puerta con lunas de espejo que tenía, para mirarse mientras esperaba allí a un compañero que le llevaba en coche.<o:p></o:p>

Al día siguiente, durante el paseo, le preguntó al celador donde estaba el edificio. El celador dijo que estaba donde siempre, frente a ellos: “¡Pues yo no lo veo!”. El celador, caminando como si tal cosa, rió brevemente: “Vale, no me está tomando el pelo, y no lo ve: ¡Es “usté” un bromista!”. Las cosas siguieron cambiando. <o:p></o:p>

Él estaba cada vez mas melancólico. Echaba de menos las cosas no por los recuerdos que pudieran traerle sino porque desaparecían.<o:p></o:p>

La melancolía cedió para dejar paso a la preocupación por su salud mental. Al final el silencio.<o:p></o:p>

“¡Es “usté” un bromista!”. Cada mañana el celador repetía la misma frase monocorde cuando él señalaba aquí o allí. Fue entonces cuando decidió anotar en el cuaderno lo que le ocurría. <o:p></o:p>

Los vacíos se adueñaban de las calles, que se llenaron de huecos de edificios: hoy un videoclub, mañana una tasca, pasado una farmacia… después también faltaron… aceras, la frutería, aquella librería con estantes antiguos, el cine, el rastrillo ¡Hasta los autobuses! : “¡Es “usté” un bromista!”.<o:p></o:p>

La desesperación llegó cuando empezó a observar también “huecos” entre sus amigos. Al preguntar por ellos a quienes le visitaban fingían que no les recordaban o contestaban : “Si lo tienes aquí, frente a tus narices :… je, je, je… (una risita estúpida) : ¿Nos quieres tomar el pelo ?”. Le miraban quedando después en silencio.<o:p></o:p>

No podía dormir. La sospecha le impedía hacer nada, pensar en nada, vivir. <o:p></o:p>

Laboriosamente, como si la vida le fuera en ello, continuó escribiendo cada noche en el cuaderno, anotando con cuidado todo lo que recordaba y ahora, por alguna extraña razón se desvanecía. Por eso no entendía qué tenían que ver las palabras del psicólogo del hospital con lo que estaba pasando en la calle, en su vida..<o:p></o:p>

Le hablaba de la nueva situación. Debía aceptar lo inaccesible : edificios que por su estructura arquitectónica nunca podría visitar… Debía darse cuenta que pese a no utilizarlos seguían ahí, existían, que no debía obcecarse. Debía asumirlo aceptar que no podría llegar a lo inaccesible, aceptar que todo lo inaccesible seguía existiendo aún fuera de su alcance, hasta las personas. Debía, debía…<o:p></o:p>

Pero el no escuchaba, seguía apuntando en su cuaderno, no era capaz de concentrarse. <o:p></o:p>

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Semana Santa 1.993.

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