LAS ALAS DEL DRAG??N

(A Guillermo González)

Recuerdo que entonces todo parecía mas oscuro, misterioso. Las tardes, olían a goma de borrar y lápices de colores, las clases se alargaban inútilmente, el tedio era tan enorme que las palabras flotaban lejanas como gotas de aceite desparramadas entre las imágenes de nuestras diversiones de entonces: espantar animales, encontrar nidos, y deshacer trenzas con lazos de colores.
Si pienso en mí mismo en aquellos años me veo alto, con las piernas demasiado largas, muy delgado. Solía estar pálido: entonces sólo estaban rosados los hijos de los paletos. Cualquier esbozo de contacto con la naturaleza era tomado como que la fortuna familiar venía a menos. Siempre tenía las botas manchadas de barro: “No sé donde te metes”, con unas suelas de goma enormes para que no nos llegase el frío a los pies.

Jugábamos en unos jardines abandonados presididos por dos enormes palmeras. Nos contábamos allí las historias de piratas y forajidos que oíamos contar a nuestros abuelos. Nos encantaba esperar allí, merendando, hasta que la noche iba adueñándose de la luz y alargando las sombras.

El nordeste iniciaba el baile de las farolas que, en forma de plato puesto boca abajo, colgadas de un cable, comenzaban con su intermitencia a dejar caer, con su ausencia de luz, unas gotas de miedo. Los edificios, y sus ornamentos, se tornaban siniestros y en cada movimiento cobraban un aspecto maligno.
Se hacía tarde, la regañina estaba asegurada. Al retomar rumbo y dirigirnos al callejón, la sombra del portaantorchas, un drágón alado situado en la esquina, nos atemorizaba.

Unas alas inmensas que se cernían sobre nosotros volando, ahora sí, ahora no, ahora sí, ahora no, mientras el crujido metálico producido por el roce de la farola contra el cable, para nosotros se convertía en el graznido de la muerte. Nos erizaba la piel y salíamos corriendo despavoridos por el callejón, con los ojos cerrados, apretando el paso y la respiración.

Recuerdo una vez que, ya fuera, hice acopio de fuerzas y me quedé mirando, retador, al drágón alado: huérfano y arrinconado por la evolución del progreso hacia las maquiavélicas farolas, que presidía la esquina del palacete. Por un instante me dió un vuelco al corazón y tuve la sensación de que había abierto los ojos, de fondo amarillento, brillantes, y me miraba. Era una mirada triste.

No puedo recordar cuando, después de muchos años, reparé otra vez en el dragón del palacete. Avejentado, había perdido las alas y, con ellas, todo lo que en un tiempo le había dado aquella fuerza y alimentado nuestra fantasía infantil. Aún conservando su estructura original, aparentaba ser, solamente, un solitario e inútil adorno de forja. Volví a recordar el día que me miró.
Al enterarme de la desaparición del dragón y su posible estancia en un vertedero de chatarra las imágenes de la mirada del dragón y de unos obreros, vestidos de mono azul, que lo arrancaban de la pared se repetían en mis sueños de los últimos días.

Me han encargado que sea yo quien le diseñe sus nuevas alas. Quizá entonces deje de mirarme con tristeza desde el fondo de un sueño.

Últimamente me he descubierto mirándome en el espejo, buscando, quizá, la tristeza de la mirada del dragón en la mía propia, y es que temo que con el dragón arrancaron de la pared nuestra infancia, pero ni de ella, ni de sus alas protectoras ha quedado rastro alguno en las paredes del edificio.

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