Es hora de que alguien comience

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En un pequeño terreno baldío, junto a unas rocas, vivían miles de hormigas, felices, gozando del sol, del suelo llano, del alimento fácil de recoger, y de la seguridad que les daba su profundo hormiguero. Quiso la mala suerte que, después de una de tantas guerras, el ejército eligiera ese lugar para arrojar ahí un tanque aportillado por obuses. Las que no perecieron aplastadas por el derrumbe, corrieron a refugiarse entre los peñascos y allí, en la sombra húmeda, fundaron una nueva colonia. Sus hijos crecieron raquíticos. Poco es lo que podían cavar en ese suelo duro, y llegar hasta el alimento les costaba una escalada de horas por la estructura de hierro oxidado. Las hormigas no cesaban de llorar y quejarse viendo a su raza padecer… La más anciana se levantó una mañana, pulió sus mandíbulas y, con pasos decididos, se acercó al tanque y comenzó a roerle una de sus, para ella, gigantescas ruedas. “¿Qué haces?”, le preguntaron sus congéneres. “¡Estoy limpiando el terreno de este armatoste que no nos deja vivir!”

“¿Estás loca? -le dijeron- .Tardarías un millón de años en roerlo!”. La anciana contestó: “¡Es cierto, pero: es hora de que alguien comience!”.

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