Cuando nada es lo que parece

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Sonó un click. Y colgaron el teléfono. Era la señal.
Cuando se detuvo la respiración la tensión invadió todo el espacio. Después de unos segundos la respiración se entrecortó de forma rítmica. Y empezaron a salir gemidos ahogados de una garganta deesarmada.
Boca abajo, tumbado, escondiendo la cara en una improvisada almohada, sintió como comenzaron a estallar sin control: cálidas, húmedas, saladas.
Todo era amargo: la mirada inundada como un pueblo tras el tsunami, el sabor que rodaba por sus mejillas buscando la entrada por sus labios.
Allí estaban ellas, culpables o inocentes pero siempre responsables de aquella situación.
Los hombres no lloran, sentenciaban implacables las miradas.
Mientras, el, fue dejando nacer las lágrimas escondidas. Y así quedó, arrojado en el suelo y sin consuelo, mientras las lagrimas recogían su trabajo para partir tranquilas

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